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El Cuadro

Cuando Casandra consiguió independizarse se encontró con dos cosas. El cristalino orgullo, que no soberbia, de contemplar su logro, de ver aquella propiedad como si la hubiera construido con sus propias manos, ladrillo a ladrillo, aunque así no fuera. Se veía pintada en los rincones de aquel pequeño hogar que para ella era un desparramo de bien ganada opulencia, sus ojos negros eran aquellas ventanas tras las celosías de madera barnizada, sus dientes eran las baldosas blancas que formaban un hermoso camino hacia la puerta a través del modesto jardín, su nariz era el olor a jazmín. Su esfuerzo era su casa. Pero también se encontró con un cuadro de una niña amurado en el corredor que se deslizaba entre el comedor y la cocina. Un cuadro rectangular con un delgado marco de madera oscura, que no debía superar los setenta centímetros de largo y aproximadamente poco más de la mitad de ancho, de propiedades oleosas. El cuadro era perturbador. Era un retrato de procedencia desconocida,...

Decir adiós muy buenas, nos conocimos alguna vez

Me dijo que prefería recordarme sin rostro. Y yo no pensé, pensaba en otras cosas, lo que se piensa en esos casos ¿Que se piensa en esos casos? - ¿Ahora me vas a decir que soy feo? No pude evitarlo. Esos comentarios que buscan ser graciosos en los momentos mas patéticos, el ultimo aliento de un ahogado, ver la bala volando hacia uno, el escudo del nervioso, el golero de la duda, sin manos. Cuanto le molestaba. Había una parte de mi que razonaba, que masticaba el hecho y lo digería con la naturaleza con la que se desayuna una noticia trivial. Había otra parte que quería pelear, con ella, conmigo, con eso. De haber sabido que llegado el momento yo tampoco recordaría su rostro. En esos años, no se cuantos fueron, vivimos en un incomodo silencio de dos cuartos con jardín al fondo, ella se dedicaba a examinar a los transeúntes que pasaban frente a nosotros, yo oficiaba de investigador de suelos, miraba detenidamente el piso, mientras que con un pie jugaba con una piedrita....

Los otros

Estaban sentados en el comedor tomando vino en caja. Los tres estaban del mismo lado de la mesa de madera rectangular que se escondía debajo de un mantel de plástico naranja, sobre esta solo descasaban tres vasos de vidrio, una caja chica de cigarros, un encendedor celeste, y por supuesto el vino que bebían. Estaban del mismo lado de la mesa porque veían un partido totalmente intrascendente en la televisión (uno de ellos cree recordar que ese día veían un triste cero a cero entre Temperley y Defensa y justicia). Se debatían entre el tedio y la borrachera. La aplastante costumbre de romper la rutina que acaba por volverse costumbre, ritual, tradición, y así hasta el aburrimiento.  A los trece minutos del segundo tiempo, uno de ellos sintió el sonido de la puerta de la casa, de bisagras gastadas, abriéndose, lo comentó alarmado. - Bo ¿eso fue la puerta? Le respondieron al unisono, mismo contenido pero distinta forma - Dale paranoico. Dijo el primero. - ¡Miralo al cagon! Dijo el...

Crimen

Sabía lo que tenía que hacer. O al menos sabía lo que quería hacer. Se sabía inteligente. Triste condena. Meditaba de manera nauseabunda ¿si era tan sagaz como creía, como se lo hacían saber, que hacía allí? Solo, en la pequeña mesa de un bar contra la ventana de un día nublado, enfrentándose a una silla vacía, manchándose de tinta la mano izquierda mientras escribía en una servilleta, con un arma en su cintura. Escribía lento, suave, no quería que los trazos rompieran la servilleta, las servilletas, primero una, luego dos, y así sucesivamente hasta que lo pudo ver. Quería ver aquello plasmado en papel, sentirlo tangible, ajeno, propio del mundo, palpable, posible, probable, seguro. Lo leyó cuatro veces, dos antes de terminarlo, era ansioso. Ansioso e inteligente, era inevitable que viviera atando cabos, completando frases, adelantando conclusiones, adelantando su conclusión. Pero su ansiedad no podía nublar su capacidad como las nubes a aquel día, no había nada dejado al azar en e...

Por las Dudas

Barrio cualquiera. Como cualquier otro barrio de esos que se funden como células para formar un cuerpo que se llama Montevideo. Sin cara ni espalda. Lejos de la rambla.  El barrio es bullicioso en verano, amarillo en otoño, gris en invierno y respira en primavera.  Por la avenida principal pasan cuatro líneas de ómnibus, todas llevan por nombre tres cifras . Al lado de la escuela hay una cancha de fútbol alambrada con un agujero en la herrumbrada malla metálica marrón que supo brillar plateada en sus años mozos, agujero que los niños atraviesan los fines de semana. En el área chica de uno de los arcos hay un pozo que junta agua cuando llueve y le otorga una clara ventaja a quien lo defienda.  Hay dos almacenes bautizados en honor a los apellidos de sus propietarios. Un antiguo bar en el que pareciera que la luz no se atreve a penetrar, de puerta alta y baldosas opacas que emulan un tablero de ajedrez, mostrador de mármol cansado y un mozo esquelético y lar...

Osvaldo

La patología de Osvlado resultaba algo inverosímil. No había necesidad de ser un letrado en medicina, psicología, o disciplinas de la rama para saber que en Osvaldo ocurría algo sumamente particular. Su enfermedad era extraña, curiosa, peculiar, absurda, burda, graciosa, bruta, triste, torpe, pero por sobre toda esa lista, era real. Se manifestó cuando Osvaldo apenas tenía trece años de vida. Si bien en un principio su madre sospecho que "el síndrome de Osvaldito" no era otra cosa que la propia rebeldía de la adolescencia, pronto comprendió que su hijo no buscaba destacar de aquella forma, ni forjarse una personalidad propia que lo separará de su grupo de pares, ni manifestar su desagrado por las costumbres sociales heredadas de generaciones anteriores, o cualquier otra práctica adolescente que a su edad representaba una preciosa odisea utópica que tomaba su belleza de la firme creencia en que aquello era posible.  Osvaldo, parecía haber venido incompleto de la fábrica mat...

Ella, el y yo (Nosotros no)

(Ella) Quiso desaparecer. Ser una con las baldosas flojas que sus pies pisaban, o ser el agua que bajo estas se escondía, o ser invisible. Desaparecer, solo desaparecer. Sumergirse en su campera azul de nailon que escondía la mitad de su rostro, y encontrar la calma antes que la valentía, dar con la seguridad y no con el coraje. Sintió sus pies como cadenas que la ataban al suelo, prisionera de su situación, victima de otra situación. Sus pies eran raíces, petrificadas, añejas, la hacían una con la tierra, y le impedían avanzar. Árbol testigo de años, de siglos, del tiempo, de la estúpida legitimidad que llamamos costumbre. Sintió la furia de la gravedad, y la empujo a pensar si aquel castigo era justo, si era su responsabilidad, llego a tener la triste duda de si aquello era su culpa, sus piernas no eran suyas, y no importaba cuanto apretara el paso, como en la pesadilla mas recurrente, sin importar cuanto caminará no lograba avanzar. En una eternidad de apenas tres se...